Libertad, Montaigne

¿Somos libres o nos volvemos libres?

Cena de circo. Marc Chagall

Si el ser humano nace libre, ¿todos somos libres?, si la libertad se alcanza, ¿existen personas que no son libres? ¿Somos libres a pesar de que nos dicen cómo pensar, cómo vestir, cómo divertirnos y cómo vivir? ¿Qué de lo que digo y hago evidencia mi libertad? ¿Cuáles son los pasos hacia la libertad?

Michel de Montaigne: Seguir siendo uno mismo

Nacido en el siglo de Miguel Ángel, de Rafael y de Erasmo, en un mundo que prometía a sus habitantes paz, tolerancia y razón, un siglo que desempolvaba la sabiduría de Platón y Aristóteles, que cacareaba una cultura universal y cosmopolita regida por el humanismo, que abría las puertas a la Reforma como muestra de libertad religiosa, que había borrado las fronteras por medio de la imprenta, que había descubierto un Nuevo Mundo y generado lujo y riquezas… nacido en ese mundo, Montaigne creyó en las promesas de su tiempo. Poco a poco se irían derrumbando, la Reforma no trajo con ella la tolerancia, sino las guerras de religión y la barbarie; la Conquista hizo patente la bestialidad de los conquistadores; las guerras civiles se multiplicaron por toda Europa. Montaigne nunca vio reinar a la razón.  

Cuatro siglos después, Stefan Zweig, ante la misma situación de esperanzas aniquiladas —ahora por la barbarie nazi— analiza la vida del filósofo francés y reflexiona: Cuando la paz, la vida, los derechos, todo aquello que consideramos bello y valioso sucumbe ante el demonio que habita a una docena de fanáticos, aquel que no desea que su época le impida ser humano se enfrenta a la pregunta: ¿Cómo seguir siendo libre? En otras palabras: ¿Cómo escapar a las exigencias tiránicas que, contra mi voluntad, quieren imponer el Estado, la Iglesia o la política? ¿Cómo salvaguardar mi alma, mi cuerpo, mi salud, mis pensamientos y sentimientos para que no sean sacrificados por la locura o los intereses de otros? Montaigne consagrará su vida y sus fuerzas a responder a esa pregunta no con palabras, sino con su vida: “Rester soi même”, seguir siendo uno mismo, es lo único que nos garantiza la libertad.

Su combate se limita a defender el bastión más íntimo de su ser, su “ciudadela”, alejándose de la vida mundana. Sabio en una época de locura, se retira de la política, de la vida social, de los negocios, incluso de sus obligaciones como padre y esposo, para finalmente encerrarse en su biblioteca a los treinta y ocho años, con el propósito, ahora sí, de vivir, reflexionar y meditar. Hasta ese momento ha hecho lo que sus cargos, la corte y su padre esperaban de él; es hora de hacer lo que le gusta. En este ocio creativo, Montaigne se convertirá en Montaigne.

Su meta no es enseñar ni dejar un legado; quiere conocer al ser humano conociéndose él. Por ello, no dará reglas para alcanzar la libertad, pero explica los pasos que él va dando y que son, básicamente, los siguientes: ser libre de la vanidad y del orgullo, cuidarse de la presunción, ser libre del miedo y de la esperanza, de la creencia y de la superstición, ser libre de las costumbres y de las ambiciones, de la familia y de los amigos, libre del fanatismo; ser libres ante el destino, pues somos nosotros quienes damos a las cosas su color y su rostro, y ser libres ante la muerte. Ejerciendo su libertad y negándose a regirse por prejuicios, Montaigne alcanzará una de las virtudes más inaccesibles: la tolerancia: “No tengo ese error común de juzgar a los demás de acuerdo a lo que yo soy”. Actitud sabia de un hombre que, aunque nunca pretendió ser ejemplo, hoy sigue siendo modelo de libertad interior y tolerancia.

                                                                                                          Esther Charabati

                                                                                                                                                    

2 comentarios en “¿Somos libres o nos volvemos libres?”

  1. Hace algunos años me tocó comenzar a vivir solo -fueron las circunstancias: dos países son también dos amores, y ambos pesan demasiado-, y si bien al inicio fue complicado, con el paso de los días, de los meses, de los años -y de las páginas-, me di cuenta que comencé a compartir el espacio con alguien que en el fondo yo no conocía: yo en estado solitario. El tipo ese -disculpe la tercera persona- me interpelaba en lo cotidiano: ¿cómo es que me siento frente al computador?, ¿cómo es que escojo los bluyines y la camisa a cuadros de ese día?, ¿cómo es que elijo la serie en Netflix?, ¿por qué carnes frías para la pizza? Pero también comenzó a interpelarme en lo complejo: ¿por qué lo universal antes que los fragmentos posmodernos? ¿Por qué el sujeto antes que la estructura? ¿Por qué el idealismo y -aún no- el materialismo? En fin, lo que quiero decir es que estaban los libros y la soledad, y esa combinación vino a resultar en que me gusta estar solo -o conmigo, ya no sé-, porque quizá es mi manera de sentirme libre -no más ni menos, sólo eso, libre-; y cuando sin avisar, los que amo irrumpen mi espacio, lejos de perder mi libertad siento que gano algo más: que mi sentimiento gregario, que jamás desaparecerá, se acrecenta pero ahora de manera sofisticada, atento a la totalidad.

    La sigo leyendo, profe, espero conocerla un día en vivo.
    Pocho

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