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ELOGIO DEL MAQUILLAJE

¿Es cierto que las apariencias engañan? ¿Esto importa, si nunca alcanzamos la verdad? ¿Es necesario embadurnar la realidad con el barniz de las apariencias? ¿Cómo nos comportaríamos los humanos si no tuviéramos que aparentar? ¿Aparentar es sinónimo de hipocresía? Maquillarse, vestir a la moda, ¿son formas de ser o de parecer? Y eso que pretendemos aparentar, ¿no habla de nuestro ser?

AUNQUE SE VISTA DE SEDA...

Si es cierto, como dicen por ahí, que el hábito no hace al monje, y que la mona, aunque se vista de seda, mona se queda, entonces ¿por qué se gastan millones de pesos anuales en ropa, calzado y accesorios? Dado que la pasión por la ropa no responde ni a la necesidad de abrigo ni al pudor, debemos preguntarnos qué fantasías esconden un traje Hugo Boss, una chamarra de piel negra, una falda larga, un escote o unos pantalones de mezclilla deshilachados. ¿Qué le agregarán a la personalidad? Quizá nada, pero la descubren parcialmente. Cada uno elige la imagen que quiere proyectar, aunque inevitablemente nos preguntamos en qué medida respondemos a nuestros propios gustos y en qué medida a la exigencia social.

Tradicionalmente, el grupo social es el que marca la pauta, imponiendo a los individuos normas para vestirse que revelan el rango o el status profesional. Es el caso del uniforme militar —que confiere prerrogativas y obligaciones— y de la bata blanca del médico, que transmite confianza. Ambos despiertan respeto. Otras normas se refieren a la ocasión, como la ropa de deportes y sobre todo la de gala, que habla de la importancia que otorgamos a determinados eventos. Estos ritos llevan a los individuos a aceptar las normas sociales y a no arriesgar demasiado las diferencias jerárquicas. Es una apuesta a un orden estable. Disfrutamos esta fidelidad indumentaria al grupo social, especialmente cuando nos distingue y valoriza a los ojos de los demás, o cuando nos tranquiliza reforzando los signos de reconocimiento de clase, de profesión, de costumbres, de generación, de cultura… Pensemos en la indumentaria que se inventó en los ‘60 para eternizar la juventud.

Sin embargo, la ropa no sólo es una marca de pertenencia; su capacidad de expresión concierne muy de cerca a los individuos, al igual que los gestos o el tono de voz. En realidad la moda, que parece borrar las particularidades, es una especie de lenguaje en el que cada uno pone de manifiesto su individualidad. Y el vestido es un elemento más de la personalidad cuyo significado no está preestablecido; la misma forma de vestir cobra sentidos contradictorios: la minifalda de moda puede significar para unas, aceptación de las normas y, para otras, una forma de rebelarse contra la “decencia” hipócrita. La indumentaria condensa varios significados que no son necesariamente explícitos y conscientes, y constituye una especie de lenguaje en el cada uno anuda, en forma parcialmente deliberada y parcialmente involuntaria, las relaciones consigo mismo y con el mundo.

Quizá la forma de vestir también responda a nuestra convicción de que “como nos ven, nos tratan”, que sin duda contiene algo de verdad, porque el aspecto es una señal que permite al otro —en el primer encuentro— ubicarnos en una categoría: “desaliñado”, “extravagante”, “anticuado”… Claro que para una persona con más criterios que el de la apariencia, esa ropa en la que invertimos gran parte de nuestros ingresos no es más que eso: una señal, que posteriormente puede ser confirmada o desechada, aunque ostente el logotipo CK.

Esther Charabati

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