Empatía

¿LA EMPATÍA ES UNA ILUSIÓN?

Ponerse en el lugar del otro” se ha convertido en un imperativo de la sociedad actual -situado entre la simpatía y la compasión- que parece salvarnos del egoísmo. Sin embargo, la empatía presenta algunas dudas: ¿se trata de sentir o de pensar lo que el otro siente? ¿Entender sus emociones o compartirlas? ¿La empatía es congénita o producto de la educación? ¿Entender al otro siempre tiene como fin ayudarlo o puede buscar la manipulación? ¿Qué pasa cuando dejamos de ser empáticos con alguien?

UNOS MINUTOS MÁS

Sólo quien lo haya vivido podrá comprenderme. No digo que las otras separaciones no sean difíciles, que después de la pérdida uno no se sienta vulnerable y triste. Lo grave de estas separaciones es la frecuencia. Depende, claro, del nivel de adicción de cada uno, pero cuando existe una verdadera pasión —o manía, como se prefiera—, el sufrimiento puede repetirse cada mes, o cada quince días. Y no me digan que uno se acostumbra, porque es falso. ¿Quién se acostumbra a la pena? Aquellos que lo experimentan una vez al año tienen, por lo menos, tiempo para reponerse.

Uno elige una buena novela y empieza a disfrutarla desde antes de llegar a la caja a pagarla. Acaricia la portada, se ilusiona, imagina las horas de placer que le depararán algunos cientos de hojas; se adapta al tono del libro: humorístico, irónico, nostálgico. Uno empieza a contar los días o los minutos que faltan para iniciar la lectura y disfrutarla a sus anchas. Quizá espera las vacaciones o el próximo puente. La ilusión ayuda a soportar la cotidianidad de la vida, la rutina, la falta de imaginación o de expectativas.

Y un día… llega el gran momento. Nos tiramos en un sofá, en la cama o la hamaca con nuestra pequeña joya en las manos. Poco a poco, entramos en su mundo. El autor, conocedor de las reglas de etiqueta, nos presenta a cada uno de los personajes y les estrechamos con entusiasmo la mano. Los más exhibicionistas nos muestran de un solo golpe toda su historia para asegurar nuestra complicidad. Otros son más reservados, tenemos que ir descifrando las claves para descubrir su pasado o sus verdaderas intenciones. A lo largo de las páginas vamos ejerciendo distintos oficios: a veces somos los psicólogos que establecen un diagnóstico, otras los detectives que prevén el desenlace; a menudo nos erigimos en jueces y determinamos quién es culpable y quién inocente. Sin embargo, a veces nuestros juicios se ven contaminados por nuestra cercanía con el personaje: hemos empezado a quererlo o nos hemos identificado con él. Quizá reconocemos en la protagonista a nuestra madre, a nuestra hermana, a aquella amiga de la infancia. Queremos ayudarla, darle un consejo, prevenirla sobre lo que le va a ocurrir. Cuando ella actúa como esperamos, nos sentimos aliviados; en caso contrario, aumenta nuestra preocupación. La convivencia nos acerca. Nos sentimos parte de esa familia, de ese grupo de amigos. Sus penas son las nuestras y gozamos con sus alegrías. La empatía es total: somos uno de ellos. 

Y entonces… casi sin querer nos damos cuenta de que quedan unas cuantas páginas para la separación definitiva. Michael y Hanna desaparecerán de nuestras vidas; no sabremos más de ellos. Al depositar el libro en el librero nos abandonarán para siempre, después de esta relación tan estrecha, después de este romance. De nada sirve oponerse, no nos escuchan. La separación es un hecho y la única forma de postergarla es recorrer las líneas más lentamente, pero el placer disminuye. Al desenlace del libro sigue el epílogo de nuestro idilio, quisiéramos prolongarlo, al menos unos minutos más.

                                                                                   Esther Charabati

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