Extranjeros, Migrantes

¿Por qué estorban los extranjeros?

En un mundo de intercambios permanentes, ¿por qué extranjero es sinónimo de extraño? ¿En qué consiste la amenaza del “otro”? ¿Se refiere a la identidad, el trabajo, la propiedad…? ¿Los extranjeros tienen derecho a seguir siendo ellos mismos o tienen que asimilarse? ¿Puede el extranjero dejar de ser extranjero en el país al que emigró?

Zhang Enli, Indignation

Prólogo (fragmento)

Dejar el propio país es un acto de tristeza. Aunque el futuro parezca prometedor, aunque el pasado haya sido ingrato, aunque sean muchas las ilusiones que guíen los pasos del emigrante, su imagen es la de un hombre —o una mujer— que sufre una ruptura, una separación radical. El emigrante cruza una frontera por cuestiones de supervivencia, huyendo de la persecución o del hambre, del hostigamiento o de un futuro sin futuro.

Llega a otro país, sin saber si es su destino final. Se encuentra con otro idioma, o por lo menos con otras costumbres, otra manera de nombrar el mundo, otras formas de verlo. Intenta adaptarse. No es fácil. No logra desprenderse de su patria. No sabe si quiere olvidarla. Quizá se siente traidor. Aun así, pone en juego todas sus habilidades para ser aceptado. Le cuesta. No basta una sonrisa y buena voluntad. Es visto con recelo. Es un extranjero. Un extraño. Uno que no es como los demás. Es más opaco, porque es distinto. Si se reúne con otros compatriotas exiliados, probablemente acabe inmerso en su grupo, con un apego absoluto a su cultura, acusado de “separatista”. También es posible que, ante el sentimiento de impotencia que provoca pertenecer a una minoría, se defienda reivindicando una superioridad imaginaria, sufriendo el aislamiento colectivo.

Si opta por enfrentarse solo al mundo, posiblemente logre la aceptación, pero a costa de la pertenencia. Ser de ninguna parte. Alejarse del origen y renegar de los que son como él. O quizá prefiera afirmar su doble pertenencia, intentando unificarla; ardua tarea. Servidor de dos amos, no sabe qué hacer con la nostalgia a cierta patria lejana, suya o de sus antecesores. ¿Puede extrañar a otro país sin despertar sospechas? ¿Puede recordarlo sin idealizarlo? ¿Puede apreciar la nueva realidad que lo acoge sin que ésta se vea ensombrecida por el dolor de la distancia? Quizá no lo logre, y deambule por su existencia odiando la causa de su condición de extranjero, su imposibilidad de ser un individuo “normal”.

Por mucho que sufra la separación, al extranjero que se ha radicado en otro país no le resulta fácil volver. Porque aunque regrese, ya está roto. Aprendió a amar al pueblo que lo acogió, ha construido ahí una vida. Si se va, se lleva con él la nostalgia de todo lo vivido durante los años de ausencia. A pesar de las dificultades, de la añoranza, de la soledad, ha encontrado una segunda patria. ¿Cómo borrar de su biografía las huellas de las vivencias lejos del hogar? ¿Cómo volver a ser ése que fue antes de partir por primera vez?

La identidad fragmentada para siempre, siempre en conflicto, siempre en duda. También los beneficios: los extranjeros, como individuos o grupos, estrenan vínculos, descubren más sitios y personas queridos, más oportunidades; intercambian con sus nuevos vecinos sueños, formas de vida, ocasiones de gozo, proyectos, principios. Dos culturas se entretejen, dejan huellas y los forman. Los emigrantes son seres valientes, que asumen riesgos, que voluntaria o involuntariamente apuestan todo lo que les brinda seguridad: la nación, la tierra, la familia, el pasado. Son mensajeros que pagan el hospedaje con saberes y experiencias adquiridos en su país. Son constructores de puentes y de posibilidades inexploradas.

Refugiados, exiliados, extranjeros, emigrantes, desterrados, deportados, expatriados, asilados… todos estos conceptos designan al extraño, al que vive fuera de su país, sin importar la causa. ¿Cuáles son los obstáculos que enfrentan? ¿Cómo irrumpe lo público en su vida privada? ¿Cómo se construyen en esta situación de excepción?

Hablar del otro es también hablar de nosotros. Si el extraño es rechazado, somos los anfitriones quienes, ante la amenaza a nuestra identidad, reaccionamos como ante un rival. Los prejuicios, los estereotipos, los mitos y las acciones discriminatorias, más que aludir al grupo de extranjeros revelan la personalidad individual y colectiva de quienes los excluyen y de quienes los albergan. La historia de los judíos nos permite recorrer una amplia gama de culturas, de ideologías, de formas de estar en el mundo. Y nos deja observar la genealogía de la intolerancia.

Esther Charabati. “Rasgando el tiempo. Los judíos, extraños en la casa”.

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