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El placer de ser engañado

Odiamos que nos mientan y descalificamos a quien lo hace, pero no por ello estamos dispuestos a escuchar la verdad. La mentira ocupa un lugar de honor gracias a su ambigüedad, a su habilidad para transformar la realidad en algo más agradable, más conveniente, más fácil. Para que nuestras relaciones estuvieran basadas exclusivamente en la práctica de la verdad sería indispensable que las personas fuéramos unívocas, realistas y rígidas. Y no lo somos.

Pensándolo bien, ¿por qué ubicar a la mentira del lado del mal si, como vimos, sus móviles son variados: el interés, el odio, la venganza, la necesidad de reconocimiento, pero también la pasión, la protección, la generosidad, el amor…? Además, no podemos negar que los engañados a menudo somos cómplices del que miente, precisamente porque conocemos los beneficios de la mentira. “Te vas a curar”, “Seguro que ganas” son expresiones que aunque no correspondan a la realidad del momento, motivan al interlocutor y quizá le permitan cambiar su realidad.
Que el engaño tiene un aspecto positivo —o al menos necesario— lo demuestra la existencia del autoengaño: me asomo a la realidad, no me gusta y creo una realidad paralela. Así, puedo pasar diez años convencida de que mi esposo es fiel aunque tenga un amante, o que mi sobrino administra mi dinero cuando en realidad se lo roba. Proust acusa a su protagonista —que sabe que Odette no lo ama, sino que busca su dinero— de “pereza mental”. Algo así como una flojera de saber la verdad y asumirla, lo que nos vuelve corresponsables del engaño. Efectivamente, a veces nosotros mismos pedimos que nos engañen: no sólo “Dime que siempre me vas a amar”, también “Convénceme de que hice lo correcto”. ¿Qué sería de nosotros, cómo soportaríamos la angustia que nos genera nuestra propia existencia si no contáramos con esos pequeños consuelos? Freud conocía bien estas estrategias psicológicas a las que denominó “mecanismos de defensa” y que nos permiten alejar la realidad mientras no estamos preparados para enfrentarla.

En su libro Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusión, Clément Rosset analiza la manía de negar lo existente, misma que nos permite desligarnos de las consecuencias de nuestros actos con dos palabras: “No sabía”. No hablamos de ignorancia ni de error sino de que, a pesar de conocer la realidad, actuamos como si fuera distinta. Por ello, el que se engaña es incurable, ya que “No se puede ‘volver a mostrar’ algo a alguien que tiene ya ante los ojos lo que uno se propone hacerle ver”.
¿Qué es lo que nos empuja hacia el engaño? En primer lugar, saber que muchas cosas son irremediables y que todo tiene un fin: la felicidad, las pasiones, la vida misma. Por otro lado, la incertidumbre, pues lo real es incomprensible y cuesta mucho vivir sin certezas; preferimos inventarlas, aunque sea en forma temporal, como ilusiones. Ante la angustia que nos provoca la realidad, Rosset plantea la “verdadera” alegría que consiste en decir “sí” al mundo tal como es, a pesar de todo.
¿Por qué preferiríamos asumir la realidad cuando el engaño es mucho más placentero y accesible? Porque cuando uno no ve la realidad tampoco desarrolla las habilidades para enfrentarla; en ese sentido, somos mucho más vulnerables cuando nos mantenemos en el engaño y actuamos como si no supiéramos. El precio es alto; sin embargo, es un hecho que vivimos de ilusiones y no podemos imaginarnos una humanidad sin ellas: en la vida privada, en la política, en la educación, en el arte…
¿Y qué es la ilusión? Ninguna definición más bella que la de Macedonio Fernández: “Hacer esperar en el umbral a la realidad”.

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