Pandemia

Pandemia 1.0

La vida se detiene sin prometernos cuándo volveremos al trabajo forzado, las entregas impostergables, el tráfico espantoso, las salidas obligadas -o no- para hacer compras, las quejas porque el tiempo nunca alcanza y las presiones nos abruman. De pronto, se presenta la oportunidad, un retiro casi voluntario: el tiempo cronológico borra sus límites y se ofrece, virgen, a nuestra voluntad.
Me levanto más tarde, llamo para asegurarme de que los cercanos están bien, atiendo numerosas llamadas con el mismo fin, veo rápidamente los memes, videos y comentarios en WhatsApp. Me preparo un café y rebano la piña. Abro Facebook, leo noticias, en dos segundos agotó la bandeja de entrada, hablo a la farmacia para reabastecerme de mis medicinas cotidianas. Veo el reloj: es la 1:30… ¡se fue la mañana! Da la impresión de que cuando uno califica al tiempo de “libre”, sólo está reconociendo su autonomía: en esta reclusión preventiva se dispersa a sus anchas, cuando nosotros lo queremos productivo.
Se acumulan los libros que creí que quería leer… ahora sé que no. Al menos no hoy. Cada mañana empiezo a escribir un texto… que ahí se queda. Este tiempo no es dinero ni es nada, lo pierdo con cualquier pretexto; se va como agua. No es que me disguste, es que mi espíritu capitalista me exige que escriba, estudie, investigue, prepare… o de pérdida lave platos. Y yo estoy feliz en el sofá haciendo tanta nada como ayer, antier y la semana pasada. Me veo a mí misma columpiándome en una hamaca en la playa… a falta de vacaciones, imaginación.  

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