Confinamiento, Coronavirus, Encierro, Mirada, Pandemia

Pandemia 1.9

Hoy desperté con una piedra en el ojo; según el oftalmólogo es resequedad porque dormí con el ojo abierto -buena toma para una película de terror- pero el dolor …. tuve que pasar dos horas con el ojo cerrado o parpadeando, hasta que la roca me hizo el favor de migrar hacia otro ojo.
Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, eso dicen, yo agregaría hasta que se siente mutilado. Apenas lo descubrí hoy: cuando mi ojo izquierdo estuvo utilizable, después de un buen rato de colorear mariposas, de dar dos clases por zoom, de leer cada meme que mis hermanos y amigos tienen a bien mandarme, de ver el quinto episodio de una serie que me hace sufrir, de leer la biografía fragmentada de cada uno de mis contactos de Facebook- ahí fue donde me di cuenta-, descubrí lo que el día de hoy me ha estado atormentando: la vista corta. En estos días inmensos mis ojos no ven más allá de un metro o dos, porque el horizonte está limitado por paredes, por pantallas, por páginas de un libro.

Cada día me encuentro con más viajes y visitas que en otro momento hubiera agradecido: a la casa-museo de Sorolla y al Hermitage; a un concierto de Pink Floyd y de muchos otros artistas que jamás veré; a una conferencia de Jorge Larrosa…. Todo eso ha estado siempre lejos y hoy lo tengo sobre mi escritorio, pero me falta algo: me falta la distancia. Literalmente, perdí la altura de miras.

Esta mañana, cuando al fin pude abrir los ojos, me aguijoneó la tristeza de no poder ver hacia lo lejos.  Extrañé las mañanas en que atravieso la ciudad refunfuñando por el tráfico y la contaminación, pero con la alegría -ahora me doy cuenta- de ver las nubes desde el segundo piso del periférico, de sentirme libre. Leo lo anterior y me dan ganas de reír, pero la risa necesita compañía. Mi sensación es la de estar en una celda donde mi mirada sólo llega hasta la celda de enfrente. Quiero levantar la vista y ver hacia lo lejos, saber que el mundo es más ancho, que no sólo existe lo que está a la mano. Quiero que mis ojos salten las hojas, las pantallas y los muros, que puedan ver a sus anchas.

No es la primera vez que mis ganas se ven doblegadas por la realidad, pero ahora tengo ganas hasta de tener ganas, de saber que hay algo de lo que me estoy perdiendo y que puedo desear. Quiero cultivar mis ganas para que no se agoten antes de que abra la puerta. Quiero que mis ganas le ganen al confinamiento, que no me desarme, que no me intimide. Esta vez no pretendo ver con los ojos del alma, sino con los míos, limitados por pestañas y líneas.

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