Moda, Pandemia

Pandemia 1.10

La moda y yo nunca hemos tenido una buena relación, pero tampoco he querido romper con ella. Sigo guardando prendas que pasaron de moda hace años, pero como me gustan y tengo una relación afectiva con ellas, a veces hasta las uso. Soy de esas personas completamente previsibles en cuanto a imagen, casi siempre visto de la misma manera y muy de vez en cuando me esfuerzo por cambiar. La pandemia me ha hecho una oferta difícil de rechazar: vivir sin visitar el closet, pensar qué ponerme, preguntarme si es lo mismo que usé antier, si combina, si es adecuado para el clima y para la ocasión… ahora todo lo resuelvo con dos juegos de pants y dos playeras.

Estas piyamas deportivas inventadas a principios del siglo pasado para hacer ejercicio, se han convertido en símbolo de comodidad, de estar en casa… y pocas veces han cumplido su cometido tan bien como en estos días. Sustituyen la bata de mi abuela. ¿Para quién y para qué vestirme si lo más lejos que llegaré será la ventanita del zoom? Para eso, basta con cambiarme la playera por una blusa socialmente aceptada. Podría, como algunos, quedarme en piyama, pero ponerme ropa “para salir” me da la sensación de estar en el mundo.
A cada atuendo corresponde un contexto, una disposición del ánimo y un propósito, lo aprendí con el uniforme escolar, que invitaba a la obediencia, a la atención y al reto.

En estos días propicios para la flojera, dudo en culpar a mis pants por no darme una pista de lo que me toca hacer, o más bien me invitan al dolce far niente. Nadie tocará la puerta, no prenderé mi coche, los compromisos laborales parecen eludibles. ¿Estamos a punto de entrar en la era de la holgazanería? ¿Será peor que la era de la hiperactividad? Algunos piensan que este período nos está mostrando que podemos vivir con menos ropa, bolsas, lentes, perfumes; que no necesitamos cambiar el coche y que se puede prescindir de los viajes, pero las colas de gente en la tienda Zara de París muestra que las motivaciones son distintas a las que suponemos: la angustia por comprar y llenar el clóset no sólo está relacionada con la apariencia y el estatus, sino también con la necesidad de sentirnos libres, de burlarnos de una epidemia que nos ha sometido hasta el grado de la subordinación voluntaria. Quizás, en el fondo, todos soñamos con poder ir a Zara.

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