Encierro, Introspección, Pandemia

Pandemia 1.11

No estoy en contra de la introspección, la puse en práctica durante años: me descosía durante el día y, de manera misteriosa, amanecía cosida, por lo que el proceso se reiniciaba. Un día le puse punto final, no sé si la tarea estaba terminada -lo dudo- o simplemente se me acabó la fuerza, como dice la canción. 

En estos días veo a menudo invitaciones –y exhortaciones- a la introspección: no sólo estamos obligados al encierro, al tapabocas y al lavado apremiante de manos, sino también a la autoauscultación como práctica insoslayable. Por lo visto, el Coronavirus es una especie de regalo divino que nos brinda la oportunidad única de descubrirnos. Sólo es cuestión de… ¿fe? ¿perseverancia? ¿espíritu crítico? ¿una sinceridad compulsiva? Concuerdo en que nos ayudaría saber quién es ése que vemos en el espejo, pero me pregunto cómo se habrán alineado los planetas para que de manera simultánea millones de personas recluidas sientan la necesidad de conocerse. 

Alguna vez me pareció indispensable conocerme pues sentía que una extraña estaba viviendo mi vida, no me reconocía en mis propios actos. Quería entender quién era yo y quién quería ser; por qué reaccionaba como lo hacía, por qué entre mis deseos y mis actos existía un abismo y qué me llevaba a poner una voluntad ajena por encima de la mía. 

En esa etapa -una especie de adolescencia muy tardía- la reflexión me acompañaba de la mañana a la noche y de la cama a la regadera. Algo había dejado de funcionar y necesitaba una revisión profunda para echar a andar nuevamente el mecanismo. Fue agotador: días, meses y años de yoitis, en los que no podía hacerme a un lado para pensar en otra cosa. Felizmente, un día la etapa de cuestionamiento y análisis se cerró. Clausuré el changarro y me dediqué a vivir.

La situación actual es distinta: como no hay mucho chance de distraerse, el mandato social consiste en hacer una investigación exhaustiva de lo que sucede en las profundidades de nuestro ser, sólo para matar el tiempo. Pero toda iniciativa supone una motivación y no sé en dónde se consiga de manera inmediata, quizás pueda pedirse en Amazon. No tengo idea del precio.

Obtenidas las ganas, se me ocurre que uno puede enfrentar algunos obstáculos, desde los hijos que se entrematan porque no encuentran dónde depositar la energía, las cuentas que se acumulan, la compañera o compañero que nos demandan atención de manera suave o agresiva, el teletrabajo, el celular, el jefe… en estas condiciones, ¿será posible bucear en nuestro interior? La siguiente pregunta es: ¿estamos obligados?

Como enemiga de las recetas, sospecho que existe más de un método -el encierro obligatorio- para conocerse. Entiendo que algunas personas elijan el monasterio o un retiro temporal con algún gurú bien posicionado, pero otros no encajamos en esas propuestas: personalmente, prefiero hablar que callar (cualquier persona que me conozca puede dar fe de ello). Apuesto que alguna investigación reciente establece que los parlanchines estamos incapacitados para conocernos, pero existen investigaciones que afirman lo contrario. Considero un deber de conciencia avisarles a quienes se aventuren en esta desgarradora empresa que una cuarentena no será suficiente. Dos, tampoco.

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