Educación

Pandemia 1.17



La palabra clave en una sociedad que ha promovido el derroche es, extrañamente, el ahorro. Nacimos con el compre hoy, pague después, y crecimos con el poder de nuestra firma. Aprendimos a dilapidar todo: los recursos propios y los del planeta. De pronto, vemos a mucha gente feliz de trabajar en su casa porque evita la pérdida de tiempo en arreglarse, en transportarse, en pararse delante de una vitrina o a tomar un helado. Es decir: ahorra tiempo. Las universidades, siempre a la vanguardia, están diseñando un modelo híbrido, de manera que los estudiantes tomen algunos cursos desde su casa y otros, presenciales. Esto que parece una medida de emergencia es, en realidad, un proyecto para el futuro inmediato. Ahorraremos tiempo y dinero.

En esta manía de presentar lo nuevo -es un decir- como la solución a todos los males, se omite que el ahorro también implica renuncias: si ahorro el dinero que pensaba gastar en un vestido tengo el dinero, pero no el vestido. Lo mismo sucede con el home office: el ahorro implica no platicar con un compañero de oficina, ese otro que no vive en mi casa, que no es de mi familia y, por lo tanto, es una voz distinta que me muestra aristas de la realidad que no comprendo. Los pasillos son lo fundamental en cualquier empresa o institución, ahí, no en las oficinas ni en los cubículos, es donde se cocina todo: quién se acuesta con quién, qué se trae el jefe entre manos, quién va a renunciar… ¿Crearán una app que sustituya los pasillos y las comidas que reúnen a los colegas?


En el caso de la universidad me parece especialmente trágico el ahorro, porque constituye una forma de robarles a los estudiantes lo más valioso de los cuatro o cinco años que dedican a la carrera. Es ahí, en los pasillos, en la cafetería, en la biblioteca, donde posiblemente tengan los encuentros más importantes de su vida. Y esos exigen presencia. La vida universitaria es una experiencia única que no puede crearse por zoom. La educación superior no se reduce de ninguna manera a la transmisión de conocimientos: abarca el trayecto desde el propio domicilio, la preparación mental y emocional para la jornada que empieza, el tiempo que se pasa sentado en el pasto conversando con los compas, conociendo otras formas de vivir y de pensar, aprendiendo a amar, a colaborar, a compartir, a construir proyectos con un futuro incierto, a mirarse a través de los otros.  

Los cursos, por su parte, no son espacios de adquisición de conocimientos, sino un acompañamiento del alumno por parte del maestro que tiene como tarea motivarlo, mostrarle de qué es capaz, tratar de guiarlo en un camino lleno de propuestas, de problemas y de cifras.
Lo que he descubierto durante esta pandemia -y no porque sea muy lista- es que es muy difícil motivar a través de una pantalla, porque es imposible acercarse al otro. Uno observa, impotente, desde su dispositivo, la frustración, el hartazgo y la necesidad de ser escuchados de jóvenes que quieren aprender a vivir y a interpretar el mundo, y nosotros queremos ofrecerles ahorros. A todos nos gustaría vivir en una ciudad sin tráfico y con un transporte público decente, pero no a ese precio. La educación a distancia ya existe y está a la disposición de los estudiantes que no pueden asistir a clases, pero ¿qué se ganaría -en términos de formación- disminuyendo lo presencial y obligando a maestros y a alumnos a pasar el día frente a la pantalla? Tiempo y dinero.



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