amor, Ser amado

¿Amar o ser amado?

En una novela de Inoué, uno de los personajes femeninos cuenta que un día, en la escuela, cuando estudiaban las formas activas y pasivas de los verbos, una compañera hizo pasar una hoja con dos columnas, para que cada alumna marcara si quería amar o ser amada. Sólo una quería amar. Este señalamiento es interesante. Es común pensar que la felicidad proviene de lo que recibimos, no de lo que damos. “Me trae flores”, “Me trata muy bien” “Me comprende”, son muestras de la manera como entendemos el amor. La fantasía es encontrar al individuo que llenará nuestros huecos y colmará nuestras carencias. Más allá de que “ése” no existe, pues nadie puede abolir nuestras carencias —inherentes a cada individuo y a la especie humana—, podemos soñar con sentirnos completos, sin necesidades, satisfechos. Pero la atención está puesta sobre nosotros como seres pasivos, no activos. Aparentemente no nos preocupa tanto llenar como ser llenados. Esto, a pesar de que durante toda la infancia escuchamos en forma ininterrumpida que es mejor dar que recibir, aunque cuando participamos en un intercambio de regalos en la escuela, nuestras mamás siempre preguntan en primer lugar “¿Qué te dieron?”. Quizá el concepto es bonito y generoso, pero no tan práctico como quisiéramos. Algunas excepciones, como el brindar ayuda en forma anónima, rescatan la idea de que el dar proporciona placer al dador. La vida cotidiana, por su parte, ofrece ejemplos que ilustran la sentencia citada: cuando ayudamos a alguien nos sentimos bien. Tal vez nos halaga el reconocimiento o la gratitud del otro, pero el acto de ayudar también nos devuelve una imagen embellecida de nosotros mismos. En el caso del amor es más complicado. Todos reclamamos. No nos basta el amor de los padres, ni el de la pareja, ni el de los hijos, ni el de los amigos. Queremos más. Somos insaciables. Nunca he escuchado a nadie decir “¡Qué querido soy!” Por el contrario, es común que el cariño, la atención, la ternura recibida nos parezcan insuficientes. Merecemos más. Lo extraño es que no nos preocupe cuánto damos nosotros. Asumimos que es bastante. Pero si es cierto que en ello reside la felicidad, entonces al no amar más (con todas nuestras posibilidades) nosotros estamos perdiendo, aún más que quien recibe nuestro amor. Algunos dicen que uno ama lo que puede, que es una cuestión independiente de nuestra voluntad. Tal vez. Pero tal vez simplemente nos sometemos al miedo a entregarnos, a arriesgarnos, a ser felices. Posiblemente esperamos que todo nos llegue de fuera, y evitamos así la odiosa tarea de analizarnos, de ver hacia adentro. Dejamos que sean otros los que amen, y al hacerlo, renunciamos a ese privilegio.

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