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Tiempos distintos

TIEMPOS Y RELOJES

Dividir el día en 24 horas o el año en doce meses son decisiones arbitrarias del ser humano, en su necesidad de dar un orden al mundo, clasificarlo y sistematizarlo. Con la introducción de los relojes parece instituirse esta concepción exclusivamente cuantitativa del tiempo que permite mediciones, previsiones y cálculos. Pura ilusión, pues los relojes no miden el tiempo, sino las oscilaciones programadas para crear un movimiento que se repite.

Pero el tiempo en sí mismo es irreductible a la cantidad y a los números. Además, no es uniforme, hay tiempos distintos. Los tiempos del día y de la noche se viven de manera diferente, más allá de que los recorramos dormidos o despiertos. No es lo mismo trabajar durante el día que durante la noche, por ejemplo, en una oficina: De día hay ruido en la calle, teléfonos que suenan, gente con quien platicar, trámites pendientes… Cuando la vida termina en la calle, tenemos más posibilidades de concentrarnos gracias al silencio y a la falta de alternativas. Nuestro tiempo se ve afectado únicamente por el sueño.

El mismo fenómeno se da en las vacaciones: El tiempo cambia, es más lento, no exige, se vive a otro ritmo, con más ánimo. Los relojes y los calendarios siguen fragmentándolo como de costumbre, pero los individuos viven en un tiempo más amable, más placentero. ¿Y qué decir de los espacios que modifican el tiempo? La fiesta que detiene las horas, el teatro y el cine que crean su tiempo particular al que ingresa el espectador… Ya Foucault se ocupó de describir la biblioteca y el museo como espacios donde el tiempo no deja de amontonarse, gracias a los libros y obras de arte que ahí se reúnen, acumulando siglos.

Son numerosos los factores que hacen a un tiempo distinto. Uno de ellos es la edad: Imposible pensar que un niño y un viejo viven el tiempo de manera semejante; a uno lo caracteriza la avidez, al otro el miedo. Si el primero tiene prisa por alcanzar una edad que considera privilegiada, el segundo se aferra a ella. Otro factor que determina la experiencia del tiempo es el estado de ánimo: una persona angustiada siente que los minutos se arrastran, que el tiempo se detiene y se vuelve contra ella. A quien se divierte, el tiempo se le pasa como agua; el obsesivo toma en cuenta cada movimiento del segundero, quiere tener todo bajo control.

Hay un espacio donde se ve claramente que el tiempo es otro: en el encuentro amoroso. El tiempo no pasa rápida ni lentamente. No existe. ¿A quién le importa cuántos millones de oscilaciones mide el reloj mientras las miradas se sostienen? Sólo a quien no ha estado enamorado se le ocurre introducir elementos cuantitativos en el amor midiendo la duración de los besos o del acto sexual. No tienen duración. Se miden por la intensidad, por la entrega, por los recuerdos que prolongan el gozo en el tiempo.

No es que el tiempo no pueda medirse con un reloj, es que limitarse al informe que nos da, en horas y minutos, es empobrecerlo; existen otras unidades de medida que dependen del espacio y de los individuos, y que nos permiten ver las inmensas diferencias entre un tiempo y otro.

                                                                                                          Esther Charabati

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