Felicidad

Felicidad a la carta


¿Cómo ser feliz? Esta pregunta ha espoleado al pensamiento a lo largo de la historia suscitando distintas respuestas. Cada sociedad ubica su ideal en ciertas formas materiales, espirituales e institucionales que la generación siguiente ve como pasadas de moda o simplemente ya adquiridas y, por lo tanto, sin interés. La felicidad no se obtiene de lo ya alcanzado porque ser feliz es un reto, no un dato. Pensemos en la burguesía naciente que, buscando su propio ideal, se apartó del lujo aristocrático (y también de la miseria) y reivindicó una cierta comodidad: “el bienestar”, que acabó siendo equiparable a “felicidad”. Hoy convivimos con hornos y licuadoras que no nos brindan ningún tipo de placer porque ya están dados; permanentemente exigimos un mejor-estar. Para colmo ese
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ideal, propio de la era capitalista, restringió aún más el concepto de felicidad, pues ya no se trata ni siquiera de satisfacer todos los deseos, sino sólo aquellos que tengan una respuesta visible. La felicidad a través del consumo: el logro primermundista.
Desde hace algunas décadas cuando nos preguntan qué buscamos en la vida la respuesta obligada es, invariablemente, “felicidad”; confiamos en la sensatez de nuestro interlocutor para no preguntar qué es eso, porque hablar de la felicidad siempre es riesgoso. Es más fácil experimentarla: existen momentos en que nos atrevemos a decir “Estoy feliz”, y los más osados llegan incluso a declarar que son felices. Aunque sabemos por experiencia que la felicidad no es un estado, insistimos en creer que seremos felices si cumplimos nuestros deseos: el puesto esperado, la casa propia, el amor correspondido, el hijo universitario… Así, confundimos la felicidad con la satisfacción de necesidades que, una vez satisfechas, ni siquiera despiertan alegría, porque pasan a formar parte de lo cotidiano. Después de diez años de ser director de una institución nadie se declara feliz por ser director (o esposo o jefe o modelo). La felicidad es siempre fugaz, pues su mayor enemigo es ella misma. El tiempo durante el cual podemos decir con sinceridad “estoy feliz” siempre es breve: son los grandes momentos de nuestra vida, aquellos para los cuales construimos todo el resto, aquellos que la iluminan.
A lo largo de la historia, la idea de felicidad ha estado ligada a la fuerza de voluntad, estableciendo que si nos mantenemos en el camino adecuado seremos felices. Pero cada escuela traza su propio camino: para los hedonistas hay que buscar el placer y huir del dolor, para los estoicos
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es indispensable demoler deseos y pasiones, y el cristianismo exige vivir de acuerdo a las reglas para asegurar la felicidad póstuma; Rousseau y Marx consideran que la felicidad reside en una mejor y más justa organización de la vida social; Nietszche sostiene que llega al término del combate de uno mismo con uno mismo… Así, “satisfacción inmediata”, “alegría”, “bienestar”, “lucha” o “serenidad” pueden convertirse en sinónimos de felicidad: cada uno elige dependiendo de su personalidad, biografía, deseos y contexto social.

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