Adicciones, amor, Dependencia emocional

¿Adicción al amor?

Cuando hablamos de adicciones, solemos pensar en sustancias. Sin embargo, cada vez escuchamos más hablar de adicción al trabajo, a los juegos de azar, a los videojuegos o a las compras, por no hablar del celular… y de las dependencias afectivas. ¿Cómo son los adictos al amor? ¿Cuáles son sus conductas? ¿con quién se relacionan? ¿Será un intento más de medicalizar la vida?

Zheng Guogu, 2005-2014

A menudo las asociaciones son automáticas. La palabra adicto (esclavo), por ejemplo, nos remite a la idea de un individuo que no puede dejar de consumir ciertas sustancias, como alcohol, tabaco, cocaína o tranquilizantes. Sin embargo, éstas no son ya la única causa de dependencia, ya que la realidad tan cambiante, caracterizada por las crisis, ha llevado a los especialistas a proponer nuevas dependencias o “adicciones sin sustancias”. Entre ellas se encuentran las adicciones a ciertas actividades o emociones que pueden ser tan o más adictivas que cualquiera de las sustancias que denominamos “drogas”. Adicción al amor, apego ansioso, posesividad, voracidad de cariño, codependencia, personalidad autodestructiva, son conceptos que nos acercan a lo que muchos llaman “dependencia emocional”: un patrón persistente de demandas emocionales frustradas que se intentan cubrir con relaciones “patológicas”.

¿Quiénes son los dependientes emocionales? En principio, son individuos cuyas experiencias afectivas tempranas no fueron lo suficientemente negativas como para provocar una desvinculación severa, ni lo suficientemente positivas como para posibilitar una autoestima mínimamente consistente. Es cierto que son autodestructivos, pero no porque gocen del dolor, sino porque su insaciable necesidad de afecto los lleva a emparejarse con personas explotadoras que los maltratan. También coinciden en algunos aspectos con los codependientes, en el sentido de que se anulan para entregarse y cuidar a la persona con problemas, pero su móvil no es la preocupación por el otro, sino preservar la relación; están centrados únicamente en sus gigantescas demandas emocionales.

Tienen los síntomas de la “adicción al amor” —una obsesión por tener pareja y estar con ella, además de priorizarla respecto de cualquier otra actividad—, aunque los dependientes emocionales no necesitan de una relación de pareja para ser tales. Sus relaciones de pareja suelen ser asimétricas, buscan personas narcisistas, se ilusionan con cualquier gesto, están dispuestos a cualquier humillación con tal de mantener la relación por su inmenso miedo al abandono; tienen una autoestima muy pobre.

Pero la palabra “dependiente” no debe engañarnos: no se trata aquí de una persona que no puede valerse por sí misma, que tiene necesidad de protección, de que tomen por ella decisiones o asuman sus responsabilidades. Es, exclusivamente, una necesidad emocional, tal como lo aclara Castelló: “…está basada en un anhelo irresistible de ser querido, escuchado o atendido, y de tener alguien al lado al que adorar que proporcione el ansiado suministro afectivo, suministro que por otro lado el propio sujeto no se da a sí mismo”.

Si usted, estimado lector, se identifica con alguno de estos rasgos, no se preocupe (a menos que todos sus conocidos lo hayan alertado sobre el exceso): tener cierta dependencia emocional es frecuente e incluso deseable, igual que sucede con el narcisismo, la suspicacia o la introversión. Los seres completamente “independientes”, padecen, sin duda, de otro tipo de trastornos.

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